En las últimas dos décadas, el número de familias dedicadas a esta tradición lacada de origen zoque se redujo drásticamente, mientras que los mercados locales se han visto obligados a importar piezas foráneas.
Las jícaras pintadas a mano que adornan los mercados de Chiapas guardan un secreto amargo: muchas ya no son chiapanecas. El oficio de jicalero —quienes transforman el fruto del árbol de jicara en recipientes decorativos— se extingue en silencio.
Un arte que se va
En Chiapa de Corzo, cuna histórica de esta tradición, quedan menos de diez artesanos activos. Hace dos décadas eran más de cincuenta familias dedicadas al oficio.
“Ya nadie quiere aprender. Los jóvenes prefieren trabajar en otra cosa. Esto es tardado, cansa la vista y no paga bien”, lamenta don Ernesto, jicalero de 73 años.
El proceso artesanal
Elaborar una jícara tradicional requiere:
- Cosechar el fruto maduro del árbol de jicara
- Vaciar y secar la cáscara durante semanas
- Lijar hasta lograr superficie uniforme
- Aplicar laca natural (proceso ancestral zoque)
- Pintar diseños tradicionales a mano
- Barnizar para protección
Tiempo total: Entre 2 y 4 semanas por pieza
Precio de venta: $80 a $250 pesos
La invasión foránea
Para cubrir la demanda turística, comerciantes importan jícaras de Michoacán, Oaxaca y hasta Guatemala. Aunque similares en apariencia, carecen de la técnica lacada tradicional chiapaneca.
¿Qué se pierde?
Más que un objeto decorativo, la jícara chiapaneca representa:
- Herencia directa de la cultura zoque
- Técnica de lacado única en Mesoamérica
- Identidad artesanal regional
- Sustento de familias por generaciones
Sin apoyos gubernamentales ni interés de nuevas generaciones, el oficio jicalero chiapaneco podría desaparecer en los próximos años.
