El mercado sexual de Tapachula jerarquiza a las mujeres migrantes por su origen. El color de piel y el fenotipo definen el lugar, el precio y la dignidad con que cada cuerpo es tratado.
Desde que en enero de 2025 la administración de Donald Trump selló la frontera estadounidense y suspendió los principales programas de asilo, Tapachula dejó de ser una ciudad de paso. Más de 60 mil personas migrantes permanecen hoy varadas en ella, según organizaciones civiles, y el cierre del corredor migratorio convirtió a la capital del Soconusco en un espacio de inmovilidad forzada.
En medio de esa espera indefinida, miles de mujeres y hombres migrantes —centroamericanos, cubanos, venezolanos, haitianos, colombianos, africanos— han encontrado en el trabajo sexual una de las pocas formas viables de subsistencia.
El mercado se ha reorganizado siguiendo una jerarquía que un estudio académico reciente documenta con datos: el origen nacional, el color de piel y el fenotipo definen el lugar, el precio y la dignidad con que cada cuerpo es tratado.
La transformación que vive Tapachula desde 2018 no se entiende sin un dato: en menos de una década, la ciudad pasó de ser un nodo de tránsito migratorio a convertirse en una ciudad-cárcel. Así lo registran las investigadoras Nimsi Arroyo Flores y Alberto Hernández Hernández en un estudio reciente sobre el trabajo sexual en la frontera sur.
El primer punto de quiebre, según documentan, fue el 19 de octubre de 2018, cuando ingresó a Tapachula la primera caravana migrante, que había partido seis días antes desde San Pedro Sula, Honduras, con el propósito de llegar a Estados Unidos. A esa primera caravana le siguieron muchas más. Pero el cambio cualitativo, según documenta el estudio académico, ocurrió entre 2019 y 2020 con la llegada masiva de mujeres cubanas, y se aceleró drásticamente con la pandemia de COVID-19, la diversificación de los flujos migratorios y, sobre todo, con la militarización del control migratorio mexicano.
Según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) citados por Médicos Sin Fronteras en su informe de octubre de 2025, en ese año se registraron más de 52 mil solicitudes de asilo en México, de las cuales aproximadamente el 66 por ciento —alrededor de 34 mil 320— se presentaron en el estado de Chiapas. La inmensa mayoría de esas solicitudes se concentra en la oficina de COMAR en Tapachula. La organización médica internacional describió a la ciudad en octubre de 2025 como un espacio de «permanencia forzada desde que en enero de 2025 la administración Trump sellase la frontera y suspendiera los principales programas para solicitar asilo y refugio en Estados Unidos».
De la concentración a la dispersión
Tapachula: antes una zona, ahora toda la ciudad
Fuente: Arroyo y Hernández (2026); Brigada Callejera (2023).
Aquí está el contraste más brutal del estudio: cuando Las Huacas funcionaba como única zona de tolerancia, había 20 bares concentrados en un solo predio bajo regulación municipal. En 2023, según los datos compilados por Nimsi Arroyo en su tesis de maestría y citados en el artículo académico, en Tapachula existían 442 establecimientos autorizados para la venta de alcohol, y la organización Brigada Callejera estimaba que en por lo menos 230 de ellos se ejercía trabajo sexual con la participación de unas 1 mil 200 mujeres. La ciudad entera se convirtió en lo que Las Huacas alguna vez quiso contener.
El estudio académico subraya que esta transformación no es producto de un crecimiento espontáneo del mercado, sino consecuencia directa de las políticas de contención migratoria implementadas por el gobierno mexicano desde 2018. La militarización de los puntos de ingreso —Ciudad Hidalgo, Talismán, Ciudad Cuauhtémoc, Tenosique—, las estaciones móviles de verificación migratoria y los operativos del Instituto Nacional de Migración (INM) crearon un corredor de control que dificulta enormemente la movilidad de las personas migrantes.
La consecuencia es lo que las investigadoras llaman «inmovilidad forzada» o «atrapamiento»: personas que pasan semanas o meses en Tapachula buscando formas de subsistencia, con opciones laborales reducidas a la venta ambulante, el trabajo doméstico, los oficios de la construcción o el trabajo sexo-erótico.
En abril de 2026, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) emitió un exhorto formal a la COMAR y al INM para que agilizaran los procedimientos migratorios de las personas varadas en Tapachula, «para prevenir y evitar hechos violatorios de derechos humanos de difícil o imposible reparación».
Para entonces, organizaciones de sociedad civil estimaban en más de 60 mil las personas extranjeras con trámites abiertos que permanecían en la ciudad. Desde octubre de 2024, cuando Claudia Sheinbaum asumió la presidencia, han salido de Tapachula 18 caravanas migrantes, todas disueltas entre Chiapas y Oaxaca. La más reciente, denominada «David», partió el 21 de abril de 2026 con cerca de 1 mil 500 personas, una cuarta parte de origen haitiano.
El hallazgo central del estudio es lo que las investigadoras llaman la «pirámide» del trabajo sexo-erótico en Tapachula: una jerarquía documentada con trabajo de campo y testimonios, donde el origen nacional, el fenotipo y el color de piel definen el estrato del mercado en el que cada cuerpo trabaja, cuánto cobra, dónde duerme y a qué tipo de violencia está más expuesto.
El mapa del mercado sexual
Cuatro estratos, una jerarquía
El estudio documenta cómo el origen nacional determina el lugar de trabajo, los ingresos y la exposición a la violencia.
Pirámide adaptada de Arroyo (2023), citada en Arroyo y Hernández (2026). Datos económicos: Diario del Sur (sept. 2023 y junio 2025).
Las investigadoras la describen así: en la cima están las trabajadoras sexuales cubanas, venezolanas y colombianas, que ingresaron al mercado tapachulteco entre 2019 y 2022 y son construidas socialmente como «exóticas», lo que las posiciona en los estratos superiores del mercado: escorts independientes y trabajo en table dance. Justo debajo, en bares de mayor categoría con sistema de fichas, conviven mexicanas y mujeres caribeñas. En el tercer estrato, en cantinas y centros botaneros del centro de la ciudad, están las trabajadoras hondureñas, salvadoreñas y guatemaltecas que históricamente habían dominado el mercado y que, desde la llegada masiva de cubanas en 2019, fueron progresivamente desplazadas. En la base están las trabajadoras del oficio en calle: mujeres centroamericanas racializadas, haitianas y africanas incorporadas a partir de 2022, y mujeres mayores que han envejecido en el oficio.
La cita más reveladora del estudio sobre cómo opera esta lógica viene del testimonio de Camaleón, recogido por la investigadora Rebeca Hernández en su trabajo de campo: «Para mí Tapachula es un negocio mix, porque a mí me gustaría poner de esos sitios donde hay música, comida y meseros sexo de todas las nacionalidades, cubanas para quien gusta cubanos, venezolanos para quien quiere venezolanos, haitianos, hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, porque con la migración se puede hacer un grande negocio, la migración deja dinero». El testimonio condensa la lógica del mercado: los cuerpos migrantes son percibidos como mercancías diferenciadas, cada una con un «exotismo» específico que puede ser capitalizado.
Las investigadoras son cuidadosas en su análisis: la pirámide no describe una característica natural de las personas, sino la cristalización de lo que el sociólogo mexicano Rodrigo Parrini ha llamado «deseografías fronterizas» —mapas sociales de cómo ciertos cuerpos son investidos con deseo y otros son racializados, excluidos o ubicados en los márgenes—. Es el mercado el que jerarquiza, no las trabajadoras. Y ese mercado se ha reorganizado en menos de una década según el ritmo y la composición de los flujos migratorios.
Una década de cambios en quién trabaja
El estudio reconstruye también la evolución cualitativa del mercado: quiénes lo dominaban antes y quiénes lo dominan ahora.
Una década que lo cambió todo
Quién trabaja en el mercado sexual de Tapachula, año tras año
Fuente: Arroyo y Hernández (2026); CNDH (2026); Médicos Sin Fronteras (2025).
Cada cambio en la línea temporal corresponde a un cambio en las políticas migratorias, en las crisis económicas regionales o en los conflictos armados de Centroamérica y el Caribe. El estudio subraya que el mercado sexual no produjo la diversificación migratoria: la reflejó. Cuando los flujos cambiaban, el mercado se reorganizaba. Cuando se intensificaba el atrapamiento, el mercado crecía.
Voces desde adentro
La fuerza de la investigación radica también en las voces que recogieron. Cuatro testimonios, mantenidos con seudónimos para proteger las identidades, sintetizan lo que el mercado significa para quienes lo viven desde adentro.
Llegué a Tapachula hace 20 años, mitad de mi vida en Guatemala, mitad de mi vida aquí. Crucé el río en una llanta. En ese momento yo no era trabajadora sexual, aquí vine a hacer ese tipo de trabajo, mi familia no lo sabe. Todo ser humano necesita comer y vivir. Tapachula es la mejor opción; puedo trabajar y estoy cerca de mi pueblo.
Quetzal, mujer guatemalteca
Donde yo me vine a ser puta fue aquí en Tapachula; no había otra forma de juntar dinero para salir de aquí. En ese cabaret donde trabajé éramos 30 mujeres cubanas; cada semana unas salían y otras llegaban. Duré tres meses en ese negocio, rentando un apartamento y trabajando por las noches.
Mary, mujer cubana llegada en 2023
En el bar no solo vendes sexo, vendes compañía, ilusión. Aquí soy gay abierto y en El Salvador tuve que esconderme. Aquí, en el bar, mi homosexualidad es parte de mí y de mi trabajo. Los clientes, todos hombres casados, buscan a un chico como yo. Mi cuerpo delgado y amanerado no es chiste, es con lo que los atraigo, es una forma que me da para comer a mí y mi familia.
Clavel, hombre salvadoreño
En la calle, en el centro, yo soy una persona pública. La migra me ve como un delito, las personas como molestia y los clientes como un servicio que les satisface.
Hortencia, mujer hondureña de 35 años
Las cuatro voces, recogidas en distintos momentos del trabajo de campo de las investigadoras Nimsi Arroyo y Rebeca Hernández, dibujan algo que ningún informe estadístico puede capturar: la complejidad de proyectos de vida que combinan migración, supervivencia económica, agencia personal, precariedad jurídica y, en muchos casos, autoafirmación frente a sociedades de origen represivas.
Lo que el Estado mexicano puede ver y no quiere mirar
Las cifras públicas confirman la magnitud del fenómeno. En junio de 2025, el periódico Diario del Sur reportó que en Tapachula al menos 200 hombres migrantes sobrevivían a través del trabajo sexual, cobrando entre 1 mil y 1 mil 500 pesos por servicio. En diciembre de 2025, Rosemberg López Samayoa, presidente de Una Mano Amiga en la Lucha contra el Sida —la misma fuente clave del estudio académico—, declaró a la agencia EFE que las personas migrantes LGBTIQ+ varadas en Tapachula «se están dedicando al trabajo sexual debido a la falta de perspectivas laborales en esa región, donde las opciones de empleo se reducen cada vez más».
En abril de 2025, Elvira Madrid Romero, presidenta de Brigada Callejera y coordinadora de la Red Mexicana de Trabajo Sexual, había alertado ya sobre el incremento de casos de VIH y sífilis entre la población de trabajadoras sexuales de Tapachula, en un contexto donde el sistema sanitario municipal renunció a intervenir tras el cierre definitivo de Las Huacas en 2019. La paradoja es exacta: el Estado eliminó el marco regulatorio sanitario en nombre de los derechos humanos —para no caer en lo punitivo—, pero no lo sustituyó por nada. Y el costo lo pagan las trabajadoras.
Las conclusiones que deja el estudio
Las investigadoras cierran su artículo con una conclusión que vale la pena reproducir, porque condensa lo que tres entregas no alcanzan a desplegar: «El trabajo sexo-erótico en Tapachula ha transitado de vincularse a un patrón de migración circular y temporal —predominantemente centroamericano— a constituirse en un síntoma de la crisis humanitaria originada por las políticas de control migratorio del siglo XXI».
Y añaden una invitación al debate público que Chiapas todavía no ha tenido: comprender este mercado «exige una mirada que reconozca no solo las dinámicas económicas y políticas que lo atraviesan, sino también la profunda humanidad que lo sostiene». Eso implica abandonar las posturas moralizantes —tanto la que criminaliza como la que invisibiliza— y construir políticas públicas que partan de la experiencia real de quienes ejercen el oficio, reconozcan sus derechos, abandonen la lógica punitiva y se orienten hacia el cuidado, la dignidad y la autonomía.
El estudio académico no ofrece soluciones técnicas. Pero deja una pregunta política suspendida sobre Tapachula, sobre Chiapas y sobre el conjunto de la frontera sur mexicana: ¿qué hacer con un mercado que el Estado no quiere regular pero tampoco puede ignorar, en una ciudad que se ha convertido en el principal nodo de contención migratoria del país? La respuesta, todavía pendiente, definirá cómo será la frontera sur en los próximos años.
Esta investigación periodística está basada en el artículo académico «El mercado del deseo: movilidad y trabajo sexo-erótico en la ciudad fronteriza de Tapachula, Chiapas», de Nimsi Arroyo Flores (El Colegio de la Frontera Sur) y Alberto Hernández Hernández (El Colegio de la Frontera Norte), publicado en abril de 2026 en la Revista Pueblos y Fronteras Digital del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur de la UNAM (DOI: 10.22201/cimsur.18704115e.2026.v21.837). Datos complementarios fueron obtenidos del informe «Tapachula, frontera sin salida y epicentro de la crisis migratoria» de Médicos Sin Fronteras (octubre 2025); del exhorto de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos a la COMAR y el INM (abril 2026); de los reportajes del Diario del Sur sobre ingresos del trabajo sexo-erótico en Tapachula (septiembre 2023 y junio 2025); y de las declaraciones de Rosemberg López Samayoa a la agencia EFE (diciembre 2025).
